: LA SIRENITA
Hace unos días, mi hermano llegó a casa con un libro de cuentos clásicos, obsequio del Vips (a mí, sin embargo, sólo me mandan billetes y más billetes para cenar). Lo he estado ojeando y he encontrado en él la versión larga de este cuento, que está catalogado como "Sacrificio por amor"... Y no es para menos, cualquiera que haya leído la versión no-Disney puede darme la razón. Por si acaso, os voy a contar la historia más o menos como aquí viene contada.
Y no, no hace falta una bruja malvada para destruir la felicidad de una sirena. Con el príncipe hay suficiente. Aunque, en realidad, ¿tiene alguien la culpa de esto?
El rey del mar tenía seis hermosas hijas, seis jóvenes sirenas que vivían felices en las profundas aguas del océano. La vida en la superficie despertaba gran curiosidad en todas ellas, de tal modo que el obsequio que recibían al cumplir quince años era el permiso para visitar la superficie. De todas las hijas del rey, la más pequeña era la que más interés tenía en ese mundo tan extraño para ella. Tenía un pequeño jardín marino en el que crecían cipreses ondulantes, y entre ellos reposaba la estatua de mármol blanco de un apuesto muchacho, resto de algún naufragio que ella atesoraba con todo su cuidado.
El día que la pequeña sirena cumplió la edad adecuada, subió a la superficie del mar y pudo ver un gran barco, lujosamente adornado; no en vano era el barco de un príncipe. Como todos sabéis, la sirena se enamoró de él nada más verlo y pasó la noche contemplándolo a escondidas... Pero entonces se desató una fuerte tormenta que arrasó el barco, y el príncipe cayó por la borda a las peligrosas aguas en que nadaba la sirena. Ella recordó a tiempo que los humanos no podían vivir bajo el agua, de modo que corrió a salvarle. Le sujetó, impidiendo que se ahogara, y le llevó nadando hasta la orilla, donde le besó con amor en la frente, deseando más que nada que viviera, y lo depositó en la playa con la esperanza de que otros humanos lo vieran. Al cabo, una muchacha apareció y alertó a más gente al descubrir su cuerpo. La sirena pudo ver como le reanimaban y el hermoso príncipe se recuperaba.
Se alejó con cierta tristeza camino de su hogar, sabiendo que él nunca sabría que ella le había salvado; ni siquiera sabía de su existencia.
Desde entonces, dejó de cuidar su jardín y se pasó horas y horas abrazando la blanca estatua, que tanto se parecía a ese joven del que se había enamorado, pensando: "ahora estará estará él navegando allá arriba; él, a quien amo más que a mi padre y a mi madre; él, sobre quien se derraman mis pensamientos y en cuya mano quiero poner la felicidad de toda mi vida..." Hasta que el dolor de no tenerle fue tan grande que se armó de valor y fue a ver a la bruja del mar. La bruja estaba esperándola, sabiendo la locura que ella le iba a pedir, y le puso precio a las piernas que la permitirían vivir en la superficie: su lengua. La sirenita tenía la voz más bella de cuantas criaturas vivieran en el fondo del océano, y la bruja la quería en pago de la poción. La sirena, a pesar del miedo que le daba tomar tal decisión, accedió: estaba dispuesta a todo por estar con el hombre al que amaba. La bruja le dijo: "antes de que salga el sol nadarás hasta la costa, te beberás la poción, y la cola se te rajará y se dividirá en dos piernas preciosas, y cuantos te vean dirán que eres la muchacha más bella que han visto; no habrá bailarina que pueda igualar tus movimientos, pero cada paso que des será como pisar sobre cuchillos afilados. No podrás convertirte en sirena otra vez ni volver al palacio de tu padre, y si no consigues que el príncipe te ame tanto que llegue a olvidar a su padre y a su madre, que derrame sobre ti sus pensamientos y que diga al sacerdote que junte vuestras manos, no conseguirás tu alma inmortal. A la mañana del día siguiente al día que él se case con otra, tu corazón se romperá y te convertirás en espuma de mar." Aún así, la sirenita aceptó; la bruja cortó su lengua y le dio la poción, tras lo cual ella se despidió del que había sido su mundo para ir al del hombre al que amaba.
Tras beber la poción y sentir como si la cortasen en dos, la sirena vio su cola dividirse en dos piernas. Se desmayó, y al despertar vio ante sí, mirándola, al príncipe. Se cubrió, pues estaba desnuda, y al no poder decirle quién era ni cómo había llegado a la playa, él la tomó de la mano y la llevó a palacio. Y ahí la vistieron con preciosas sedas, y todos admiraron sus bellos andares, y aunque cada paso que daba era como pisar sobre cuchillos, lo sufrió gustosa. Al sonar una música, ella empezó a bailar de una forma increíble, y el príncipe dijo que quería que se quedara para siempre a su lado. Le permitieron dormir sobre un cojín de terciopelo a la puerta de la alcoba del príncipe.
Y sus ojos hablaban más claro al corazón que cualquier palabra o canto.
El príncipe la llevaba a todas partes consigo, y ella le seguía con sus pies sangrantes. Día a día, él iba tomándole más aprecio, pero la quería como se puede querer a un cachorro; ni siquiera se le pasaba por la imaginación convertirla en su reina. "¿No me quieres más que a nadie?", le decían los ojos de la sirena, y él respondía: "claro que te quiero más que a nadie, porque eres la que tiene mejor corazón, me eres fiel y me recuerdas a una muchacha que vi una vez, pero seguramente nunca volveré a ver. Yo iba en un barco que zozobró, las olas me arrojaron a tierra muy cerca de un templo donde servían varias muchachas. La más joven me encontró en la orilla y me salvó la vida. Sólo a ella podré amar en este mundo, pero tú te pareces a ella, casi sustituyes su imagen en mi alma. Por eso nunca nos separaremos". Y la sirena suspiraba, pues no sabía llorar, pensando en que él nunca sabría que era ella quien le había salvado, y pensando en la muchacha a la que él amaba más que a ella, nunca volverían a verse... "Yo estoy con él, lo veo todos los días, quiero cuidarle, amarle, ofrendarle mi vida".
Los reyes decidieron casar al príncipe con la hija de los reyes vecinos. Él le aseguró a la sirena que ese matrimonio nunca se celebraría, "no puedo amarla, no se parece a la hermosa muchacha del templo, a la que tú sí te pareces. Si alguna vez tuviera que elegir novia serías tú, mi muda huerfanita de ojos que hablan". Y la besaba en la boca y jugueteaba con sus cabellos, y ella apoyaba la cabeza en su corazón, soñando con la felicidad...
Pero. La hija de los reyes del país vecino se encontraba en un templo, aprendiendo las virtudes de una reina. Y al verla, el príncipe exclamó: "¡eres tú, tú, la que me salvó cuando yo yacía como un cadaver en la playa!". Y la apretó contra sí, y se engalanaron varios barcos, y se preparó la boda. "¡Qué feliz soy!", le dijo el príncipe a la sirenita, "alégrate de mi felicidad, porque tú me amas más que nadie". Y ella le besó la mano mientras se le rompía el corazón, y pensó en que a la mañana siguiente ella se convertiría en espuma de mar.
Poco antes del amanecer, mientras ella buscaba el primer rayo de sol que habría de matarla, vio emerger del agua a sus hermanas. Estas le explicaron que habían ofrendado sus hermosos cabellos a la bruja del mar, y ella les había dado a cambio un cuchillo hecho con su sangre. Debía clavárselo al príncipe en el corazón, y entonces ella volvería a ser una sirena y podría vivir, como todas las sirenas, trescientos años en compañía de los suyos. Y debía hacerlo ya, le suplicaron, pues eran sus últimos momentos de vida. O ella o él.
La sirenita fue a los aposentos donde los recién casados dormían, abrazados. Besó la frente del príncipe, que pronunciaba en sueños el nombre de su esposa: sólo a ella tenía en el pensamiento. Y el cuchillo tembló en sus manos, y lo arrojó lejos, hacia las olas. Luego, tras mirarle una vez más con los ojos ya vidriosos, se arrojó al mar ella misma y sintió cómo se convertía en espuma de mar.
Yo creo que habría hecho lo mismo.
Tags: apple corer, fragmentos, song to her
Hace unos días, mi hermano llegó a casa con un libro de cuentos clásicos, obsequio del Vips (a mí, sin embargo, sólo me mandan billetes y más billetes para cenar). Lo he estado ojeando y he encontrado en él la versión larga de este cuento, que está catalogado como "Sacrificio por amor"... Y no es para menos, cualquiera que haya leído la versión no-Disney puede darme la razón. Por si acaso, os voy a contar la historia más o menos como aquí viene contada.
Y no, no hace falta una bruja malvada para destruir la felicidad de una sirena. Con el príncipe hay suficiente. Aunque, en realidad, ¿tiene alguien la culpa de esto?
El rey del mar tenía seis hermosas hijas, seis jóvenes sirenas que vivían felices en las profundas aguas del océano. La vida en la superficie despertaba gran curiosidad en todas ellas, de tal modo que el obsequio que recibían al cumplir quince años era el permiso para visitar la superficie. De todas las hijas del rey, la más pequeña era la que más interés tenía en ese mundo tan extraño para ella. Tenía un pequeño jardín marino en el que crecían cipreses ondulantes, y entre ellos reposaba la estatua de mármol blanco de un apuesto muchacho, resto de algún naufragio que ella atesoraba con todo su cuidado.
El día que la pequeña sirena cumplió la edad adecuada, subió a la superficie del mar y pudo ver un gran barco, lujosamente adornado; no en vano era el barco de un príncipe. Como todos sabéis, la sirena se enamoró de él nada más verlo y pasó la noche contemplándolo a escondidas... Pero entonces se desató una fuerte tormenta que arrasó el barco, y el príncipe cayó por la borda a las peligrosas aguas en que nadaba la sirena. Ella recordó a tiempo que los humanos no podían vivir bajo el agua, de modo que corrió a salvarle. Le sujetó, impidiendo que se ahogara, y le llevó nadando hasta la orilla, donde le besó con amor en la frente, deseando más que nada que viviera, y lo depositó en la playa con la esperanza de que otros humanos lo vieran. Al cabo, una muchacha apareció y alertó a más gente al descubrir su cuerpo. La sirena pudo ver como le reanimaban y el hermoso príncipe se recuperaba.
Se alejó con cierta tristeza camino de su hogar, sabiendo que él nunca sabría que ella le había salvado; ni siquiera sabía de su existencia.
Desde entonces, dejó de cuidar su jardín y se pasó horas y horas abrazando la blanca estatua, que tanto se parecía a ese joven del que se había enamorado, pensando: "ahora estará estará él navegando allá arriba; él, a quien amo más que a mi padre y a mi madre; él, sobre quien se derraman mis pensamientos y en cuya mano quiero poner la felicidad de toda mi vida..." Hasta que el dolor de no tenerle fue tan grande que se armó de valor y fue a ver a la bruja del mar. La bruja estaba esperándola, sabiendo la locura que ella le iba a pedir, y le puso precio a las piernas que la permitirían vivir en la superficie: su lengua. La sirenita tenía la voz más bella de cuantas criaturas vivieran en el fondo del océano, y la bruja la quería en pago de la poción. La sirena, a pesar del miedo que le daba tomar tal decisión, accedió: estaba dispuesta a todo por estar con el hombre al que amaba. La bruja le dijo: "antes de que salga el sol nadarás hasta la costa, te beberás la poción, y la cola se te rajará y se dividirá en dos piernas preciosas, y cuantos te vean dirán que eres la muchacha más bella que han visto; no habrá bailarina que pueda igualar tus movimientos, pero cada paso que des será como pisar sobre cuchillos afilados. No podrás convertirte en sirena otra vez ni volver al palacio de tu padre, y si no consigues que el príncipe te ame tanto que llegue a olvidar a su padre y a su madre, que derrame sobre ti sus pensamientos y que diga al sacerdote que junte vuestras manos, no conseguirás tu alma inmortal. A la mañana del día siguiente al día que él se case con otra, tu corazón se romperá y te convertirás en espuma de mar." Aún así, la sirenita aceptó; la bruja cortó su lengua y le dio la poción, tras lo cual ella se despidió del que había sido su mundo para ir al del hombre al que amaba.
Tras beber la poción y sentir como si la cortasen en dos, la sirena vio su cola dividirse en dos piernas. Se desmayó, y al despertar vio ante sí, mirándola, al príncipe. Se cubrió, pues estaba desnuda, y al no poder decirle quién era ni cómo había llegado a la playa, él la tomó de la mano y la llevó a palacio. Y ahí la vistieron con preciosas sedas, y todos admiraron sus bellos andares, y aunque cada paso que daba era como pisar sobre cuchillos, lo sufrió gustosa. Al sonar una música, ella empezó a bailar de una forma increíble, y el príncipe dijo que quería que se quedara para siempre a su lado. Le permitieron dormir sobre un cojín de terciopelo a la puerta de la alcoba del príncipe.
Y sus ojos hablaban más claro al corazón que cualquier palabra o canto.
El príncipe la llevaba a todas partes consigo, y ella le seguía con sus pies sangrantes. Día a día, él iba tomándole más aprecio, pero la quería como se puede querer a un cachorro; ni siquiera se le pasaba por la imaginación convertirla en su reina. "¿No me quieres más que a nadie?", le decían los ojos de la sirena, y él respondía: "claro que te quiero más que a nadie, porque eres la que tiene mejor corazón, me eres fiel y me recuerdas a una muchacha que vi una vez, pero seguramente nunca volveré a ver. Yo iba en un barco que zozobró, las olas me arrojaron a tierra muy cerca de un templo donde servían varias muchachas. La más joven me encontró en la orilla y me salvó la vida. Sólo a ella podré amar en este mundo, pero tú te pareces a ella, casi sustituyes su imagen en mi alma. Por eso nunca nos separaremos". Y la sirena suspiraba, pues no sabía llorar, pensando en que él nunca sabría que era ella quien le había salvado, y pensando en la muchacha a la que él amaba más que a ella, nunca volverían a verse... "Yo estoy con él, lo veo todos los días, quiero cuidarle, amarle, ofrendarle mi vida".
Los reyes decidieron casar al príncipe con la hija de los reyes vecinos. Él le aseguró a la sirena que ese matrimonio nunca se celebraría, "no puedo amarla, no se parece a la hermosa muchacha del templo, a la que tú sí te pareces. Si alguna vez tuviera que elegir novia serías tú, mi muda huerfanita de ojos que hablan". Y la besaba en la boca y jugueteaba con sus cabellos, y ella apoyaba la cabeza en su corazón, soñando con la felicidad...
Pero. La hija de los reyes del país vecino se encontraba en un templo, aprendiendo las virtudes de una reina. Y al verla, el príncipe exclamó: "¡eres tú, tú, la que me salvó cuando yo yacía como un cadaver en la playa!". Y la apretó contra sí, y se engalanaron varios barcos, y se preparó la boda. "¡Qué feliz soy!", le dijo el príncipe a la sirenita, "alégrate de mi felicidad, porque tú me amas más que nadie". Y ella le besó la mano mientras se le rompía el corazón, y pensó en que a la mañana siguiente ella se convertiría en espuma de mar.
Poco antes del amanecer, mientras ella buscaba el primer rayo de sol que habría de matarla, vio emerger del agua a sus hermanas. Estas le explicaron que habían ofrendado sus hermosos cabellos a la bruja del mar, y ella les había dado a cambio un cuchillo hecho con su sangre. Debía clavárselo al príncipe en el corazón, y entonces ella volvería a ser una sirena y podría vivir, como todas las sirenas, trescientos años en compañía de los suyos. Y debía hacerlo ya, le suplicaron, pues eran sus últimos momentos de vida. O ella o él.
La sirenita fue a los aposentos donde los recién casados dormían, abrazados. Besó la frente del príncipe, que pronunciaba en sueños el nombre de su esposa: sólo a ella tenía en el pensamiento. Y el cuchillo tembló en sus manos, y lo arrojó lejos, hacia las olas. Luego, tras mirarle una vez más con los ojos ya vidriosos, se arrojó al mar ella misma y sintió cómo se convertía en espuma de mar.
Yo creo que habría hecho lo mismo.
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